Todo comenzó un domingo a las siete de la tarde en un aeropuerto, tras hundirme en la soledad del bullicio que la puerta de embarque me ofrecía. Voces de otros países se juntaban entre esas paredes que las hacían eco sin saber muy bien que estaban diciendo. Yo, de pié, esperando a que llegase el avión miraba una y otra vez el reloj; las siete y treinta y dos, apenas un minuto había pasado desde la última ojeada. La gente, esperaba sentada en las sillas leyendo revistas, jugando con los móviles o incluso mirando divertidos la miscelánea cultural que se presentaba ante sus ojos; también había quien esperaba de pié apoyado en su maleta o hablando con sus compañeros de viaje. Volví a mirar el reloj: eran las siete y cuarenta. La cola espontáneamente formada empezó a avanzar y al fin monté en el avión. Los asientos estaban en filas de seis, tres a cada lado del pasillo, avancé unos metros y, tras colocar mi maleta en el compartimento superior, me senté en un asiento junto a la ventanilla, que mostraba el asfalto del aeropuerto. Más tarde, una mujer de procedencia oriental me hizo compañía para el resto del viaje. Eran las ocho, ya casi de noche cuando el avión comenzó a moverse por las interminables pistas mientras un mensaje indescifrable para mis oídos sonaba por los altavoces. Segundos después el mismo mensaje que la azafata acababa de pronunciar pero esta vez en inglés, todo parecía ir bien, y en tres horas estaría por fin en Hungría...
El vuelo transcurrió tranquilo, aunque mis nervios me impedían estarme quieto mirando un y otra vez aquel cielo invertido que se desplegaba bajo nuestra estela mientras las estrellas, celosas, empezaban a asomarse en el firmamento. Tras un mensaje del piloto en el mismo idioma que antes y de nuevo repetido en inglés, el avión tomó tierra a lo que todos aplaudimos, quizá más por las ganas de llegar, pues ya eran las once de la noche, que por la pericia del piloto. Ordenadamente salimos del avión bajando unas escaleras que nos llevaban a la pista, donde unos autobuses nos conducirían a la terminal. Con mi equipaje a cuestas salí al vestíbulo donde me esperaba el conductor que me llevaría hasta Pécs, pero eso no sucedería hasta 4 horas después...
Por fin, bajé de aquella furgoneta en mitad de una calle apenas iluminada por un par de farolas. Escuché el ruido del motor alejarse. Miré de nuevo el reloj, eran las tres de la mañana, y ahí me encontré, solo, con mi maleta, a miles de kilómetros de mi casa, sin saber muy bien donde tenía que ir. Entonces bajó ella, sí, era ella. Bajó las escaleras mientras la miraba intentando creerme que esa escena era real. Aún el cristal de la puerta del portal nos separaba pero nuestras miradas se unieron con fuerza como si fuese la primera vez que se veían en años. Abrió la puerta y un aroma alcanzó mi cerebro provocándome una sensación desconocida, sentí que ese olor me transportaba a un mundo diferente, como si secuestrase mi cuerpo haciéndome viajar por parajes paradisiacos que apenas puedo describir con palabras. Cuando regresé de aquel onírico viaje nuestros cuerpos se abrazaban con fuerza, intentando fusionarse con la esperanza de no ser separados nunca más. Aquellas manos que tanto había echado de menos cada mañana al despertar acariciaban mi piel sin yo creerlo. En ese momento el mundo se detuvo para los dos, todo alrededor dejó de existir, tan sólo los dos, flotando en un halo azul... "estoy en casa", pensé.
jueves 1 de octubre de 2009
martes 4 de agosto de 2009
Eres tú
No se que hora era, ni siquiera el día. Se que era de noche porque en tus ojos, más azules que nunca, pude ver reflejada la luna. Buscamos un banco en el que sentarnos y olvidar las leyes de la física. Pasamos las horas sin ser conscientes de lo que nos rodeaba, tan sólo estábamos tu y yo, ahí, en ninguna parte, bajo la atenta mirada de millones de luces provenientes del pasado...
No hacía falta nada para hacer que todo sea perfecto, un beso, un abrazo, una caricia, tan solo una mirada bastaba para estremecer mis sentimientos. El tiempo, como en un sueño, carecía de ritmo. Avanzaba y retrocedía a merced del caprichoso azar. No eran necesarias las palabras para describir el momento que se dibujaba aquella noche como en el más surrealista lienzo de Dalí.
Apenas puedo recordar lo que aquella inolvidable noche nos dijimos. Pero jamás podré olvidar lo que sentí al caer en las profundidades de tus ojos. En ellos pude ver reflejado el pasado y dibujado el futuro. En ellos pude ver que algo en mí había brotado, como si aquella nube de sentimientos hubiera sido el abono de la más hermosa flor que jamás verá la luz del sol, pues está en mi interior, donde tan solo una persona puede verla. Y es que el regalo más grande es sólo nuestro...
No hacía falta nada para hacer que todo sea perfecto, un beso, un abrazo, una caricia, tan solo una mirada bastaba para estremecer mis sentimientos. El tiempo, como en un sueño, carecía de ritmo. Avanzaba y retrocedía a merced del caprichoso azar. No eran necesarias las palabras para describir el momento que se dibujaba aquella noche como en el más surrealista lienzo de Dalí.
Apenas puedo recordar lo que aquella inolvidable noche nos dijimos. Pero jamás podré olvidar lo que sentí al caer en las profundidades de tus ojos. En ellos pude ver reflejado el pasado y dibujado el futuro. En ellos pude ver que algo en mí había brotado, como si aquella nube de sentimientos hubiera sido el abono de la más hermosa flor que jamás verá la luz del sol, pues está en mi interior, donde tan solo una persona puede verla. Y es que el regalo más grande es sólo nuestro...
lunes 1 de junio de 2009
Rumores
Ya hacia varias horas que el sol se había marchado por el horizonte para iniciar un largo viaje del que quizá nunca regresara. Fuera, las estrellas governaban el cielo ahora de color negro; quizá de luto porque sabía que el sol jamás iba a volver... Por la ventana se filtraban tenues rayos de luz porvenientes de la luna, que esa noche estaba llena, dibujando etéreas siluetas en las viejas paredes de la casa. Yo estaba ahí, sentado en un taburete de madera con una pata algo más corta que el resto lo que le hacía tambalearse ligeramente cuando me movía. El viento traía rumores de lugares lejanos, más allá de las montañas, de los que jamás oí hablar. Sin embargo sus descripciones eran tan nítidas que me podía ver paseando por aquellos parajes, divisando criaturas exóticas a pesar de la oscuridad que me rodeaba.
¡Pom! El taburete golpeó el suelo y de pronto paró el viento. Un ligero aroma a hierro recorrió la estancia provocándome un escalofrío por todo el cuerpo. No podía moverme, no podía pedir ayuda, tan solo pude ver como con los primeros rayos de sol vino la eterna oscuridad...
¡Pom! El taburete golpeó el suelo y de pronto paró el viento. Un ligero aroma a hierro recorrió la estancia provocándome un escalofrío por todo el cuerpo. No podía moverme, no podía pedir ayuda, tan solo pude ver como con los primeros rayos de sol vino la eterna oscuridad...
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martes 12 de mayo de 2009
Un día cualquiera
Suena el despertador. Son las ocho menos cuarto. El sol aún duerme pero yo debo levantarme. Como todas las mañanas lo primero que hago es darme una ducha con agua bien caliente, tanto que el vapor me impide ver mas allá de mi brazo. Salgo con el cuerpo totalmente rojo por el calor, me visto y voy a desayunar. En el armario un bote de colacao, una caja de cereales y varios paquetes de galletas. Hoy toca cereales, con leche fría. Bajo a la calle, por las escaleras siempre, dando saltos entre piso y piso. En el portal una mujer limpia con esmero la puerta de la calle, "Buenos días". Nunca pierde la sonrisa. Cruzo la calle y entro por una puerta verde a lo que podría ser una guarida subterránea de algún superhéroe. Bajo tres plantas y tras cien metros, ahí esta mi coche. Le doy los buenos días a mis compañeros de viaje, arranco, enciendo el mp3 y pongo rumbo a la facultad.
Hay poco tráfico esta mañana por lo que llego en apenas veinte minutos. Los coches están aparcados por todas partes, hasta en los pasos de cebra. Yo, como siempre, dejo el coche en el parking. Cojo mi mochila y empiezo a andar, con un poco de pereza, hacia la facultad. Tan solo tengo que cruzar una calle para llegar. En la calle no hay gente, tan solo coches y silencio. Miro el móvil y me cercioro de que hay clase. Es martes, no hay fiesta, no entiendo nada.
Entro en el edificio y nada más entrar un desagradable olor me golpea con fuerza. Casi me tira al suelo. Tampoco veo a nadie dentro, tan solo puedo intuir un sonido como de un grifo abierto que no para de gotear. Sigo el ruido con la sudadera puesta en la nariz a modo de filtro. Parece que viene de la biblioteca. El olor se intensifica y ahora puedo oír varios grifos gotear. Por debajo de la puerta sale un liquido rosáceo, ¿qué está pasando?. Entro y descubro que lo que sonaban no eran grifos, toda la biblioteca estaba inundada. La gente parecía indiferente ante la situación. El líquido rosado recubría toda la superficie de la amplia sala, bajaba por las escalera, por las barandillas (ese era el goteo que escuchaba)... estaba por todas partes.
Más tarde comprendí lo que había sucedido. Aquel líquido no era otra cosa más que cerebros derretidos.
Hay poco tráfico esta mañana por lo que llego en apenas veinte minutos. Los coches están aparcados por todas partes, hasta en los pasos de cebra. Yo, como siempre, dejo el coche en el parking. Cojo mi mochila y empiezo a andar, con un poco de pereza, hacia la facultad. Tan solo tengo que cruzar una calle para llegar. En la calle no hay gente, tan solo coches y silencio. Miro el móvil y me cercioro de que hay clase. Es martes, no hay fiesta, no entiendo nada.
Entro en el edificio y nada más entrar un desagradable olor me golpea con fuerza. Casi me tira al suelo. Tampoco veo a nadie dentro, tan solo puedo intuir un sonido como de un grifo abierto que no para de gotear. Sigo el ruido con la sudadera puesta en la nariz a modo de filtro. Parece que viene de la biblioteca. El olor se intensifica y ahora puedo oír varios grifos gotear. Por debajo de la puerta sale un liquido rosáceo, ¿qué está pasando?. Entro y descubro que lo que sonaban no eran grifos, toda la biblioteca estaba inundada. La gente parecía indiferente ante la situación. El líquido rosado recubría toda la superficie de la amplia sala, bajaba por las escalera, por las barandillas (ese era el goteo que escuchaba)... estaba por todas partes.
Más tarde comprendí lo que había sucedido. Aquel líquido no era otra cosa más que cerebros derretidos.
domingo 10 de mayo de 2009
Añil para desayunar
La luz de la mañana reflejaba el dorado de su pelo. Sus ojos, de un color más oscuro que antes, iluminaban la habitación aún dormida. Aun con los párpados cerrados pude verla, en frente de mí mirándome con los ojos más tiernos que jamás haya visto. Algunos de sus cabellos, alborotados, acariciaban su cara dejando entrever esos labios que tanto decían sin articular palabra.
En mi interior un torbellino de sentimientos recorría todo mi ser. Muchos de ellos no estaban dentro de mis pensamientos, otros de ellos ni siquiera los había visto antes, la mayoría parecían seguir una coreografía perfectamente ensayada, pero todos iban en una misma dirección; a contra corriente. Aquella torre tan firme que se erguía en mi cabeza cayó al paso de tal fenómeno, pero no dejó escombros, sino una bella ciudadela.
Ni la leche fundida en cacao, ni el chocolate artesanal hecho con las mejores materias primas podían endulzar más aquel momento. Esas esferas de un híbrido añil, fijas en mis pupilas... Nada más importaba. A veces tengo miedo de cerrar los ojos y no volver a verlas más, pero si al abrirlos volvieran a mirarme, habrá merecido la pena...
En mi interior un torbellino de sentimientos recorría todo mi ser. Muchos de ellos no estaban dentro de mis pensamientos, otros de ellos ni siquiera los había visto antes, la mayoría parecían seguir una coreografía perfectamente ensayada, pero todos iban en una misma dirección; a contra corriente. Aquella torre tan firme que se erguía en mi cabeza cayó al paso de tal fenómeno, pero no dejó escombros, sino una bella ciudadela.
Ni la leche fundida en cacao, ni el chocolate artesanal hecho con las mejores materias primas podían endulzar más aquel momento. Esas esferas de un híbrido añil, fijas en mis pupilas... Nada más importaba. A veces tengo miedo de cerrar los ojos y no volver a verlas más, pero si al abrirlos volvieran a mirarme, habrá merecido la pena...
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martes 5 de mayo de 2009
"No pensemos"
Ahí estábamos los dos, hablando de todo sin decir nada. Cogidos de la mano, caminando sin saber muy bien hacia donde, bajo los rayos de un sol que, previendo la llegada del verano, practicaba con sus potentes rayos. Buscamos una sombra en la que cobijarnos y la encontramos bajo aquel frondoso árbol, donde el césped cubría nuestras siluetas.
Alcé la mirada y ahí estaban de nuevo, como dos luceros, clavados en mi mirada, esos ojos en los que me pierdo cada noche, de un azul tan intenso que competía con el mismísimo cielo. En ellos pude advertir considerables detalles, matices que los convertían, si es posible, en aún más fascinantes. Un halo de color celeste en la periferia, impregnado de travéculas de diversos colores casi inapreciables a media distancia. Por dentro, separado por una sinuosa frontera, un anillo más oscuro se funde con la pupila...
El tiempo, cómplice de nuestro encuentro, pasaba sin detenerse, cada vez más deprisa. Sus manos, suaves, delicadas, me hacían estremecer cada vez que me rozaban. Esos labios, de aroma dulce, tiernos, me hacían olvidar aquel lejano destino... "No pensemos". En cada centímetro de su piel, en cada matiz de sus ojos, cada caricia, en cada beso estaba escrita esa frase.
Nos miramos fijamente y, en ese preciso instante (o quizá antes), se detuvo el tiempo a nuestro alrededor. No hizo falta decir nada, en sus ojos, cristalinos, pude ver lo que escondía en lo más profundo de su ser. "No pensemos". Eso dijeron mis labios pero en mi interior sabía que era mentira. No puedo evitarlo. "Pienso, pienso en ti".
Alcé la mirada y ahí estaban de nuevo, como dos luceros, clavados en mi mirada, esos ojos en los que me pierdo cada noche, de un azul tan intenso que competía con el mismísimo cielo. En ellos pude advertir considerables detalles, matices que los convertían, si es posible, en aún más fascinantes. Un halo de color celeste en la periferia, impregnado de travéculas de diversos colores casi inapreciables a media distancia. Por dentro, separado por una sinuosa frontera, un anillo más oscuro se funde con la pupila...
El tiempo, cómplice de nuestro encuentro, pasaba sin detenerse, cada vez más deprisa. Sus manos, suaves, delicadas, me hacían estremecer cada vez que me rozaban. Esos labios, de aroma dulce, tiernos, me hacían olvidar aquel lejano destino... "No pensemos". En cada centímetro de su piel, en cada matiz de sus ojos, cada caricia, en cada beso estaba escrita esa frase.
Nos miramos fijamente y, en ese preciso instante (o quizá antes), se detuvo el tiempo a nuestro alrededor. No hizo falta decir nada, en sus ojos, cristalinos, pude ver lo que escondía en lo más profundo de su ser. "No pensemos". Eso dijeron mis labios pero en mi interior sabía que era mentira. No puedo evitarlo. "Pienso, pienso en ti".
jueves 30 de abril de 2009
Compañera
Aquel día me levanté temprano aunque, como siempre, el sol se me había vuelto a adelantar. Subí las persianas y la luz, ávida, como si hubiese estado toda la noche esperando ese momento, penetró por las ventanas iluminando así las diferentes estancias de la casa.
Cuando salí a la calle descubrí, a mi lado, impasible, una nueva compañera, de tez oscura y textura camaleónica. Al principio parecía tímida, distante, un tanto fría, pero allá donde iba me seguía con su mutismo. A medida que pasaba el día fue floreciendo la confianza, poco a poco, nos íbamos acercando cada vez más. Unas veces iba a mi derecha, otras aparecía por mi izquierda, a veces nos enfadábamos y se ponía detrás de mí, pero rápidamente me adelantaba para volver a jugar.
Iba cayendo la tarde, y, como el cielo, nuestra amistad se enfriaba progresivamente. Allí estábamos los dos, callados, paseando a la luz de la luna, recordando los buenos momentos que habíamos pasado juntos, pero cada vez más lejos. Su silueta, oscura, deforme, se alargaba para fundirse con el horizonte.
De pronto, una nube negra apareció en el cielo. Era grande, enorme, de contorno abrupto. Se acercaba desafiante hacia la luna. Nadie hizo nada por evitarlo. Aquella atroz masa, sin dudarlo ni un solo instante, se llevó a la inocente luna y, con ella, a mi breve compañera.
Nos hemos visto otras veces desde aquel día, pero ya no es la misma de antes. Sus movimientos, lánguidos, lentos, torpes, poco se parecían a los que guardo en mi memoria. No hablamos de ello, pero yo se que aquel día, algo en su alma desapareció con la luna. Nos despedimos siempre con los últimos rayos de sol, desde aquel día tiene miedo a la oscuridad...
Cuando salí a la calle descubrí, a mi lado, impasible, una nueva compañera, de tez oscura y textura camaleónica. Al principio parecía tímida, distante, un tanto fría, pero allá donde iba me seguía con su mutismo. A medida que pasaba el día fue floreciendo la confianza, poco a poco, nos íbamos acercando cada vez más. Unas veces iba a mi derecha, otras aparecía por mi izquierda, a veces nos enfadábamos y se ponía detrás de mí, pero rápidamente me adelantaba para volver a jugar.
Iba cayendo la tarde, y, como el cielo, nuestra amistad se enfriaba progresivamente. Allí estábamos los dos, callados, paseando a la luz de la luna, recordando los buenos momentos que habíamos pasado juntos, pero cada vez más lejos. Su silueta, oscura, deforme, se alargaba para fundirse con el horizonte.
De pronto, una nube negra apareció en el cielo. Era grande, enorme, de contorno abrupto. Se acercaba desafiante hacia la luna. Nadie hizo nada por evitarlo. Aquella atroz masa, sin dudarlo ni un solo instante, se llevó a la inocente luna y, con ella, a mi breve compañera.
Nos hemos visto otras veces desde aquel día, pero ya no es la misma de antes. Sus movimientos, lánguidos, lentos, torpes, poco se parecían a los que guardo en mi memoria. No hablamos de ello, pero yo se que aquel día, algo en su alma desapareció con la luna. Nos despedimos siempre con los últimos rayos de sol, desde aquel día tiene miedo a la oscuridad...
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